A N T Á R T I
D A
Fotografías por Jesús
Jiménez Díaz
En agosto de 1914, poco después de comenzar la I Guerra Mundial, Shackleton partió en un bergantín de madera especialmente diseñado para soportar el hielo, al que bautizó Resistencia; su destino: cruzar el continente antártico a pie.
El Mar de Weddell, impresionante extensión repleta de hielos, era la puerta de entrada al inmenso continente helado que soñaba con cruzar.
Después de casi seis meses de navegación, y encontrándose a un día de navegación de su destino, una brusca bajada de la temperatura hizo que todo se helara: el Endurance quedó atrapado en el hielo.
En 1906, Shackleton había conseguido renombre cuando consiguió llegar a unos 100 km del Polo Sur; ahora se encontraba empotrado entre el hielo, preocupado por sus hombres y por el barco, y seguramente pensaría en alguna ocasión cómo Amundsen reclamó, en 1911, el Polo Sur para Noruega. La nueva proeza de cruzar el continente antártico a pie, dependía de la meteorología que, al parecer, había frustrado su aventura.
La tripulación estaba compuesta por 27 hombres, y portaban, además, casi un centenar de perros. Durante meses, el hielo continuó cercando el Resistencia y todos sabían que cuando la banquisa se derritiera, podrían suceder dos cosas: o que el barco quedara libre o que el hielo aplastara al barco, como si de una nuez se tratara.
Allá para octubre de 1915, la situación era aterradora: F. Hurley, fotógrafo de la expedición, escribió en su diario que la presión sobre el casco era enorme, el barco temblaba y crujía y las maderas de cubierta se combaban. Shackleton dio la orden de abandonar el barco, con una especial amargura: tenía 40 años y era poco probable que pudiera repetir la experiencia. La primera noche que pasaron fuera del barco, en unas tiendas de lino, la temperatura rondó los -27º. El físico de la expedición, escribió que aquella noche fue terrible: «...el ruido de la presión que soportaba (el barco) recordaba los gritos de una criatura viva».
Para cuando el hielo empezara a romperse, sólo contaban con tres botes salvavidas, que utilizarían para navegar en el momento del deshielo. Descartaron arrastrar aquella pesada carga a través de la llanura helada, por lo que solo quedaba esperar, acampados sobre el hielo...
Después de muchos meses de penuria, Shackleton consiguió regresar, con todos sus hombres sanos y salvos, a la estación ballenera de Stromness, luego de haber cruzado la isla de Georgia del Sur.
Preguntó al llegar: «Dígame, ¿cuándo terminó la guerra?». Todavía en 1916, el terrible conflicto de la I Guerra Mundial asolaba Europa y le contestaron que el mundo se había vuelto loco.
El mundo, envuelto en la locura de la violencia, había cambiado mucho desde su partida. Shackleton lo volvió a intentar en 1922, llegando en enero de este año nuevamente a Georgia del Sur, donde recibió un caluroso recibimiento. La noche de su llegada, falleció de un ataque cardíaco. Tenía 47 años. Por deseo de su esposa fue enterrado en el pequeño cementerio de la isla, donde todavía reposa rodeado del hielo que forjó su grandeza.
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NOTA: En el número 5, noviembre de 1998 (Vol. 3), de NATIONAL GEOGRAPHIC, edición española, podéis encontrar un magnífico relato sobre esta aventura, escrito por CAROLINE ALEXANDER, con abundante información gráfica,
y que ha servido de documentación base, entre otros, para confeccionar el
presente artículo.
Reedición de web publicada en el año
1999
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