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Collages
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Textos y fotografías:
Wilfredo
Carrizales
1
Bate el abigarramiento la mirada.
Puede ser un laberinto sin centro. La unión de las miniaturas más
diversas para perderse en el larguísimo corredor de la desmemoria.
Alguien busca en los objetos su deseo. La luz salta de un afuera intangible
y acomete a las sombras hasta donde es capaz.
Nada llega a ser lo que es. Lo
heterogéneo parece danzar en las instancias del sueño diurno. Lo mezclado
no es susceptible de comprensión, sólo de admiración o rechazo. El
fin de los objetos acumulados no conoce límite. Aumenta la sorpresa
a medida que el tiempo se desgasta en su acrimonia. Un collage callejero
dramatiza la voluntad y la representación del golpe de dados del azar.
Las máscaras se desconocen a sí
mismas, aunque poseen paciencia, constancia, energía para pervivir,
incluso buen humor. Las máscaras optarán, en un impreciso momento,
por su desenmascaramiento. No existe otra elección posible. Es perentorio
acechar a las máscaras. Evitar que se vuelvan contra sí mismas. Cazarlas
frente a la vista de todos. Aclarar sus imágenes para que nos hipnoticen
y trasciendan.

2
El rostro sorprendido, capturado
en el insonoro desconcierto. Las interjecciones atrapadas para que
formen parte invisible del collage. Volverse la mirada que vocea la
mudez que se pasma, que abre los ojos y apenas ensaya un disgusto.
¿Cómo así? ¡El colmo! ¡Donde menos se piensa salta el lebrato! ¡Caramba
y estado de alerta!
El último emperador de ojos rasgados,
otrora omnipresente, ¿lograría volverse lo que fue? ¿La máscara actual
de su momificación lo hizo desconocido para el mundo? Sus imágenes
pasadas lo acortan en la distancia y estimulan la iconografía, la
apertura hacia la cosificación y la mercadería.
Otros ojos, sospechosamente femeninos,
atisban desde abajo de las figuras sedentes y nos interrogan: «¿ofreceremos
cebo dulce para la viscosidad alada de la curiosidad? ¿Y si nos enfermamos
dentro de esta colmena atosigada por la convalecencia de las sombras,
por los desollados amuletos y guilindajos que ocultan la pérfida inocencia?».
Los dioses de la porcelana recurren
al tiempo y lo visten de machorra con las manos en jarras. El cómputo
de las ganancias es un alborozo zorruno en el ábaco del mercader.
El refinamiento de sus monedas se mantiene incólume en las apolilladas
alcancías. «¡Transfórmate en lo que no eres!», grita, con los ojos
entornados, a un tris del blanco, la cabeza de una marioneta, como
prueba suprema de su admonición. Las digresiones afean el muestrario
y no lo elevan al sitial donde se pueda quejar de excentricidad.

3
Hipertrofiada, la máscara se pregunta:
«¿qué edad tengo yo, al fin y al cabo?». Ha vivido una peligrosa experiencia
y no sucumbió a ella porque la rodeó la muerte con sus atributos de
cráneos burlones. Aún no sabe dónde está su centro. Tampoco halla
modo de enlazar su nombre a la dura disciplina de desconectarse desde
adentro. Le brotan los colmillos con los ojos eclosionados y las orejas
ofertan una largueza que se expone a cualquier interpretación o exégesis.
La máscara vuelve a preguntarse: «¿cuándo prescindiré del anciano
que mora en mi haber? ¿En qué momento ocurrirá su ocaso y se colgará
del cordel de la oscuridad?».
Alguna mujer debe hacerse cargo
de los rezos y las súplicas. Esa figura erecta y clamante no tiene
por qué abandonar la luz y plegarse al olvido más tenaz que ya se
insinúa. Después de la plegaria, la espera su casa cambiante, la sapiencia
de las manos, la música y la danza de muchas máscaras que digieren
la vida para convertirla en bolo alimenticio y en ofrenda que traspase
las superficies veladas.
Cada ídolo pequeño se agita detrás
de su oportunidad. ¿Quién quiere situarse en la lógica de lo opuesto?
¿Cuál desea precipitarse con un adjetivo de fémina que lo parafrasee
ante la crisis que se formula sin obsolescencia?
El collage existe para engañarse,
para modificar las simplezas, para desmenuzar las vagas apariencias.
Su historia tiende a ser provisoria y sólo podrá captarla el antidogmático
y el desprejuiciado. ¿Acaso la ruptura se asimila a la separación?

4
Extraños rostros, nuevas faces
del acontecer y la impronta de la ausencia, insólitas expresiones
en un tiempo marcado por sapos que escupen monedas que fingen pertenecer
a la esencia del oro. Aparición de un felino, pretendidamente optimista,
en el crepúsculo del martillo comprador. O una bestia imaginaria que
tiene tatuada sobre su piel la genealogía del deslumbre dominical.
Todos los objetos se dan cita y
entre ellos traducen los modos de avanzar de alianza en alianza y
prologar el entusiasmo de los coleccionistas para que su afición se
torne clásica y acomodaticia. Sin fechas que entorpezcan ni malos
augurios que distraigan.
La mirada del deseo se apropia
del culto del collage que toma sol como si tomase un tranvía imperdible
y vidriado. El collage se imbuye del pensamiento de los menos, de
los que se hablan para mutar sus naturalezas.
Al collage se le preserva dotándolo
de fantasías que huelan a libertad y despojándolo de los corsés lógicos
que desgracian su existir. Demasiado espíritu lúdrico recorre tal
libro abierto e inventariado. Así lo constata quien filosofa para
nadie y tartamudea ante la magnífica obra del hado o del acaso que
no repele y sí seduce.
Las cosas suenan con un teclado
de hondo y viejo sabor. Se susurran el paradero de la ilógica belleza
y se constriñen a lo sinuoso que porta el atardecer. El invierno suele
regalarles un corpúsculo de fragilidad para que la hora de su estrella
titile en el callejón del bien y del mal.

5
Un caballo que piafa detrás de
una doncella y un tamborilero medio loco. Es la primera instancia
del imaginario donde somos aptos para movernos briosos y sonrientes,
a la altura del efecto deseado por la composición.
La luz se apropia de las figuras
y los objetos y los contornea y los recuesta contra los reflejos para
que ganen otra dimensión y observen la vida desde un estadio superior.
Acción. No nos llamemos a engaño.
Las bailarinas se columpian al ritmo de sus instrumentos musicales.
El vaivén cadencioso de sus caderas nos interrumpe el aliento. Franqueamos
la mirada y las pupilas hienden la tenue seda que delinea sus cuerpos.
Nos hacemos fuertes en el goce
visual. Nos enaltecemos en el ludibrio exento de egoísmo. La tranquilidad
nos llega en las botellitas que contenían rapé u opio. El triunfo
se funda en la risa gratificante que por ventura nos regala un león
que todavía no se domestica.
¿Variopinto por antonomasia? ¿De
dónde procede la interrogación? Lo extraordinario no produce ruido
alguno. Como no es fútil, no se evidencia con facilidad a todos. Existe
la posibilidad de que sea un anagrama de una estética para la exclusiva
contemplación. ¿Quién osa ponerlo en duda? Meticulosamente, el conocedor,
retiene la esencia y los pormenores y sus ligazones intrínsecas, contradictorias
y coadyuvantes.
El cubículo no amputa parte alguna
de la concurrencia de objetos y cosas. Él posee instrucciones precisas
para que el collage revierta su mesmedad en postal u hoja de almanaque
atenta.
Si colocamos al collage al revés
huirá en un desencanto o terminará en un hartazgo de sombras y destellos
abundantes e írritos. El goce verdadero impone una discreción, pero
también un intenso rapto que nos haga paladear en un relincho.
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WILFREDO
CARRIZALES. Escritor
y sinólogo venezolano nacido en la ciudad de Cagua, Aragua, Venezuela.
Textos suyos han aparecido en diversos medios de comunicación de la
región. También ha publicado los poemarios Ideogramas (Maracay,
Venezuela, 1992) y Mudanzas, el hábito (Pekín, China, 2003),
el libro de cuentos Calma final (Maracay, 1995), los libros
de prosa poética Textos de las estaciones (Editorial Letralia,
2003) y Postales (Corporación Cultural Beijing Xingsuo, Pekín,
2004), y tres traducciones del chino al castellano. Reside en Pekín
(República Popular China).
@
zalesw(at)yahoo.com

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