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Es a mí
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Pilar Romano
—A dormir, que yo
sí debo levantarme temprano.
Es a mí.
Si la ilógica cronología familiar en
cuanto a morirse se hubiera interrumpido, yo debería haberme ido
antes que mi hermana Elisa, que era la menor. —¡Moviendo las piernas,
que ya son más de las diez! —es a mí. Y pensar que Elisa, luego
de enviudar, me invitó a vivir en su casa para retribuirme los
cuidados y mimos que le prodigara como hermana mayor mientras
estuvimos en la casa paterna. Ella era menuda y frágil y siempre
había despertado mi ternura. La ayudé en sus tareas escolares,
inclusive en la secundaria y hasta me enorgullecí con sus éxitos.
Le escribía en mal inglés cartas a los estudios de cine norteamericanos,
pidiendo fotos de sus artistas; ella firmaba emocionada las cartas
y nos moríamos de ansiedad hasta que llegaba alguna fotografía.
Hicimos una linda colección, Tyrone Power, Robert Taylor, Ginger
Rogers...
—Sin arrastrar los pies, que ayer enceré
los pisos.
Es a mí, aunque no me mire. Me lo dice
con voz insípida. Insípida y carente de emociones, como fue mi
juventud. Me recibí de técnica radióloga y trabajé durante años
en esa profesión, que nunca supe porqué había elegido. Tan sólo
me deparaba algunas veces la revelación de que el tumor ya no
estaba y el tipo podía volver a vivir. Me enamoré del muchacho
que hacía la limpieza, también sin saber porqué; Leopoldo se llamaba
y jamás dio muestras de que le interesara mi existencia. Casi
no puedo fijar ese tiempo. Tan sólo me llega, en ocasiones, el
olor del laboratorio, que no me trae recuerdos vívidos; más bien
me persuade de que todo fue, quizás, un sueño gris.
—A dormir, dije, y apagar la luz.
Es a mí.
Al principio las cosas fueron bien con
Elisa, a pesar de que ya caminaban conmigo unas cuantas decenas
de años y empezaba a verme cada vez más parecida a mamá. Reanudamos
la relación anterior y desempolvamos viejos rituales familiares
en un mundo invulnerable que creímos definitivamente conquistado.
Pero la realidad es cambiante y cambió. La realidad fue, en cierto
momento, que Irene —la única hija de Elisa— se divorció y vino
a vivir con su madre. Con su madre. Yo era una adherencia molesta.
«Te recordaba bonita» fue lo primero que me dijo al llegar, con
tono de decepción.
Como dije, la ilógica cronología familiar
continuó y Elisa se murió antes que yo.
—Basta con el calefón encendido.
Es a mí.
Estas frases innominadas hacen que conozca
la verdadera soledad, ésa que viene acompañada del silencio, un
silencio implacable que parece mirarte con ojos de búho. Irene
nunca insinuó que debía irme de la casa, pero dejó de hablarme,
de dirigirse a mí en forma directa. Sus pocas palabras han parecido
siempre destinadas a un perro que debe ir a la cucha. Además,
si digo algo, ella se aleja como si no hubiera oído. No sé qué
es peor, si la sensación de causar lástima o la de causar fastidio.
Debo decir la verdad: tengo las medicinas
sobre la mesa de luz, en las dosis adecuadas, la comida es la
que necesito, sin sal ni colesterol, pero también sin compañía;
un enfermero viene regularmente a controlar mi presión y con él
suelo conversar un ratito; mi ropa está limpia y prolija, pero
me las arreglaría sola con todo esto a cambio de que Irene abandonara
esa forma feroz de violencia que es silencio.
Ella preside la comisión directiva de
una cooperadora y las reuniones se hacen en casa, es decir en
la casa en la que me acuesto y me levanto.
—A mirar televisión y cerrar la puerta,
que ya va a venir la gente...
Es a mí; los otros son «la gente».
Suelo escuchar las propuestas de Irene
en esas reuniones, inspiradas en el deseo de ayudar a los demás,
dichas con aparente convencimiento. ¿Por qué me habrá excluido
de su círculo de solidaridad? Para mí, la ausencia de palabras,
las de ella y las mías; a veces me parece que tengo las orejas
y la lengua tejidas al crochet. Pienso en mi hermana Elisa, lloro
y tengo la sensación de que mi cuerpo se queda sin alma por el
resto del día. La noche me la devuelve, porque de noche el silencio
es de todos.
—Usted se cree tan señora... —digo esta
vez yo, mientras miro a Irene recostada en el sillón, al borde
de la asfixia, e intento con las manos temblorosas extraer la
pastilla que, por fijarme nomás, sé que ella debe tomar cuando
le vienen esos ahogos de los que nunca me ha hablado. Pero mis
manos tiemblan y demoran. Demoran y demoran.
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PILAR ROMANO
nació en Corrientes (República Argentina). Tiene publicados dos
libros de cuentos: Azahares y Fantasmas y La plaza de
los naranjos y una novela, Inocencia Plenaria. Sus
narraciones aparecen también en algunas antologías y páginas de
Internet. Obtuvo el premio bienal Juan Torres de Vera y Aragón,
en la categoría cuentos inéditos, otorgado por la Provincia de
Corrientes (1990) y otras distinciones en concursos a nivel nacional,
todos ellos en narrativa.
mariadelpilar[at]arnet.com.ar
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- ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía
por
Pedro M. Martínez ©

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